domingo, 29 de abril de 2012

Las Viudas Blancas.


Las viudas Blancas.

Por Estela Parodi.

El desamparo y la ausencia de derechos acompaña a las mujeres indias que perdieron a sus esposos.
La India es un estado federal donde convive gente de múltiples culturas y religiones. Llegó al año 2000 con mil millones de habitantes. Por cada 1.000 hombres, 933 son mujeres. Esta diferencia nace por la exclusión que sufren las mujeres en todas las esferas y edades de la vida, y que por ende, pone en riesgo su supervivencia. Así como se realizan muchos abortos (no está prohibido en el país si el feto es de sexo femenino) otra situación grave e incomprensible es la de las viudas.
  Se considera que la India es el territorio donde más se discrimina a la mujer en el mundo. Inicialmente son dominadas por el padre, luego por el marido, y ante el fallecimiento de éste, quedan excluidas del mundo para siempre. Reprimiendo cualquier deseo sexual, le deben fidelidad aun después de muerto. Están acostumbradas a vagar por las calles, con los pies descalzos y lastimados, y las manos extendidas en afán de alguna mísera limosna. Si alguien se la otorga, contestan “Hare Krishna” (oración de paz al Dios Krishna) e irónicamente, sonríen.
Refugio sagrado
Vrindaban es una ciudad al norte de la India considerada sagrada. Según la leyenda, el dios Krishna, amante perfecto, cortejaba allí a las adolescentes. Pero también es conocida como “La ciudad de las viudas” ya que 20.000 de ellas, (desde menores de 18 a mayores de 100), decidieron viajar desde todas partes del país y establecerse para adorar a Krishna, mantenidas principalmente por la caridad pública.
  Con las cabezas rapadas, vestidas con su sarí blanco y sin ningún tipo de adorno, muchas viven en albergues especiales; otras, simplemente mendigan, durmiendo en la puerta de los templos y sufriendo las altas temperaturas del verano o las extremadamente bajas del invierno. Las menos, habitan en alguna vivienda sin ventanas ni luz eléctrica, por la que pagan unas pocas rupias. Sea donde sea que se alojen están golpeadas por el mismo trauma: la herencia de una costumbre milenaria que existe como un estigma para aquellas, que sin desearlo, quedaron sin marido.
  A estas mujeres no se les permite volver a contraer matrimonio (en las zonas rurales es ley), se les quitan los derechos a cualquier propiedad, heredan un ínfimo porcentaje de los bienes de la familia y pasan a un status social y religioso de segundo grado. Si acaso el esposo perece cuando ya son ancianas, despojadas de todo respeto sufren la clausura y venta de sus casas, y el abandono de sus hijos aun estando enfermas. Tampoco hay medicinas para ellas aunque esto no es comparable al desconsuelo que experimentan ante la privación de afectos, el olvido de sus familiares y el sentirse sucias por no haber honrado a su compañero, terminando sus días junto a él. Finalmente se acostumbran a su destino: vagar en la vía pública y pedir alguna mínima dádiva.
  Apenas amanece Vindravan se tiñe de blanco. Las viudas deambulan con tímidos pasos en dirección al templo más importante: Bhajanashram. Allí permanecen por más de ocho horas y a cambio reciben la paga de una rupia (0,02 dólar). Desde el gobierno cada una debe recibir un sueldo de 1.500 rupias al año. Muchas desconocen el sistema bancario, son analfabetas o no saben de este patrocinio. Por ende, pocas lo cobran.
  Pero sin lugar a dudas los casos que más conmocionan son los de aquellas que enviudan siendo muy niñas, como Aduri Muni. Se le exigió casarse a los 7 años y a los 8 enviudó sin conocer a su marido que esperaba se hiciera mujer para consumar el matrimonio. En 1941, la existencia de Aduri, de alguna manera concluyó. Le fue prohibida cualquier demostración de alegría en público y sentenciada a la virginidad eterna. “Cuando mi marido murió me convertí en un estorbo, nadie me quiso, no sé cómo llegué hasta este lugar”, contó Aduri a media voz, ya llena de arrugas en su piel, 60 años después en Vindravan.
  A pesar de haber sido abolido el ritual del Sati, algunas aun optan por él antes de continuar su camino en un cementerio viviente. El Sati obligaba a la viuda a arrojarse viva a la pira funeraria donde era incinerado el cadáver de su marido. Fue proscrito en 1829, antes de la independencia india. No obstante, hubo algunos casos antes de 1947, uno en 1999 (Charan Shah, 55 años) y el último en 2005, cuando una anciana de 70 años prefirió la muerte antes de ser confinada a una subsistencia humillante.
  El gobierno afirma que dispensa varias clases de ayuda a los 33 millones de viudas que deambulan por el país, cuidándolas para que no cometan nuevos suicidios. Esos esfuerzos resultan infructuosos o casi irreales, hasta es sabido que en Vrindavan hubo casos de violaciones a las más jóvenes, cosa que habla de la desprotección, desamparo y carencia de derechos.
  Los hombres pueden volver a casarse y continuar su vida normal si quedan sin esposa. En cambio, para las viudas de la India, el castigo es vivir. Sus relatos son similares, sus días sin sentido y como dijo el sociólogo Uma Chakravarty de la Universidad de Delhi, “sufren una muerte social”, si bien, como casi todo el pueblo indio, la sonrisa actúa como una estampa enigmática en sus extenuados rostros.

Fuente:

1 comentario:

  1. Este ensayo acaba de ganar el premio Limacalara Internacional (2012), Ensayo- Periodismo.
    Teniendo como jurado internacional a:
    - Dr. Enrique Caballero Peraza - México
    — Prof. Isabel F. Furini – Brasil
    — Prof. Iván Segarra Báez - Puerto Rico


    Ana María Agüero Melnyczuk — Alejandro Hevías Ruvira
    Editora y Directora Ejecutiva — Gerente y Editor Asociado.

    En primer el texto se publicó en el Suplemento Mujer del diario La Capital de Rosario, Santa Fe, Argentina, el 12 de junio de 2011. Por lo cual es un poco pequeño en extensión.

    El ensayo contiene narración, investigación, entrevistas con algunas mujeres viudas como Aduri, quien a sus 8 años quedo viuda, historia, números o más bien estadísticas para contextualizar el problema que enfrentan las mujeres en la india.

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